viernes, 29 de febrero de 2008

Ello, yo, superyo: neurosis (III)

Según la teoría de la personalidad de Freud, el aparato psíquico se encuentra estructurado por tres instancias principales, el Ello, el Yo y el Superyo. La interacción de estas tres instancias es, para él, la responsable de la conducta humana, su desajuste el origen de la enfermedad mental, en todo caso de los trastornos por ansiedad.

Los trastornos por ansiedad, la ansiedad en sí, son el resultado de las amenazas al Yo por las otras instancias de la personalidad: el Ello y el Superyo. Este es el genial descubrimiento de Freud y lo que permanece de su teoría sobre las neurosis. A la hora de estudiar las causas de estas, nos aparecen en todos los estudiosos, las tres instancias de la personalidad aunque llenadas de distintos contenidos.

El Ello traduce las necesidades del cuerpo, los deseos, lo inconsciente. En Ello, se sienta el dominio de lo inconsciente, es el reservorio de la energía psíquica, se mantiene en estrecho contacto con los procesos corporales de los cuales deriva su energía. Ello no puede tolerar los aumentos de energía y los experimenta como incómodos estados de tensión; cuando se eleva el nivel de tensión del organismo, por estímulos externos o excitaciones internas, exige la inmediata descarga de esa tensión y el retorno del organismo a un optimo y constante nivel bajo de energía. Este principio de reducción de la tensión según el cual se rige el ello, se denomina como principio del placer. El niño llora cuando necesita comida y la quiere inmediatamente. El Ello se rige por el principio del placer, las demandas deben atenderse de forma inmediata, lo que quiere, lo quiere… ¡ahora mismo! El bebé, según la concepción freudiana, es puro Ello. Ello no es más que la representación psíquica de lo biológico, de los impulsos sexuales, de la agresividad, de las necesidades primarias, pero también de las necesidades creadas artificialmente por la presión de la cultura dominante a través de la propaganda y la repetición de eslóganes, que se sedimentan en la profundidad del mismo y que como lo primario exige su satisfacción inmediata.

Esta energía motivacional de las pulsiones de vida, que Freud denominó libido y limitó en un primer momento de su discurso a la energía sexual, tuvo un temprano compañero en la energía de destrucción, en la agresividad o instinto de muerte y unos más tardíos que incorporaron los culturalistas, porque a fin de cuentas si libido significa “yo deseo” cualquier deseo puede tener acomodo en Ello.

El Yo, a diferencia del Ello, funciona de acuerdo con el principio de realidad, remite la satisfacción de los deseos a momentos oportunos y aceptables. Representa la realidad y de algún modo, a la racionalidad.

Yo no renuncia a satisfacer a Ello, pero cuando encuentra obstáculos en el mundo externo los sortea o remite la satisfacción a momentos posteriores, teniendo presentes las orientaciones y los obstáculos, simbólicamente las gratificaciones y castigos, que obtiene del exterior. El niño aprende estas señales de sus padres: mamá y papá premian o castigan, permiten o reprimen, las satisfacciones del niño; le enseñan lo permitido y lo prohibido; las normas sociales primero son exteriores, después el niño las mete en su interior, las introyecta en la jerga analítica.

La interiorización de comportamientos (o pensamientos) a evitar y de estrategias para conseguir satisfacciones, es lo que se convertirá en Superyo, de la que la conciencia moral es un buen representante y los modelos sociales de comportamientos premiados otro. Todo interiorizado, sin duda, pero su origen es exterior, normas dominantes que proceden de la moral dominante, del derecho dominante y por tanto de la clase dominante (Erich Fromm).

En el Superyo nos encontramos con dos contenidos que pueden aplastar al Yo: uno es la conciencia, constituida por la internalización de los castigos y advertencias, otro es llamado el Ideal del Yo, el cual deriva de las recompensas y modelos positivos presentados al niño primero, a los miembros de una sociedad después. La conciencia y el Ideal del Yo comunican sus requerimientos al Yo con sentimientos como el orgullo y el triunfo, la vergüenza y la culpa, el ganador y el perdedor. El Superyo, la tercera instancia psíquica, es la última en cuanto a su desarrollo y pertenece a los dominios del inconsciente, representa lo ideal, le concierne lo que esta bien y mal, para que sea posible actuar de acuerdo a los cánones morales existentes en la sociedad. Las principales funciones del Superyo son inhibir los impulsos del Ello, persuadir al Yo que sustituya sus objetivos realistas por objetivos moralistas y buscar la perfección.

En resumen

El Yo está justo en el centro de grandes fuerzas; la realidad, la sociedad, está representada por el Superyo; la biología está representada por el Ello. Cuando estas dos instancias establecen su particular conflicto sobre un Yo pobre, la persona se siente amenazada, abrumada, parece que se va disolver, morir o volverse loca. Este sentimiento es la ansiedad, síntoma y llamada de atención de que algo está en peligro.